Esta es la segunda parte de la presentación que hizo el Ex Presidente de la República y Ex Secretario General de la OEA, Miguel Ángel Rodríguez, durante el cierre de la Audiencia Preliminar del caso ICE-Alcatel, y de la cual difundimos el 12 de abril de 2010 su primera parte. En esa oportunidad, luego de analizar la enorme diferencia entre la idea de justicia como simple resultado del ejercicio del Poder y la idea de justicia como la virtud de actuar de conformidad con la naturaleza de las personas para dar a cada cual lo que le corresponde, Rodríguez Echeverría continuó manifestando ante el juez lo siguiente:
¿Cuál ha sido el instrumento usado para ir conquistando en beneficio de la dignidad humana una visión de justicia compatible con la dignidad humana y no como simple resultado del poder?
Sr Juez, recuerdo que la respuesta la obtuve en mis primeros cursos de derecho allá en los edificios de la Universidad de Costa Rica que estuvieron adonde hoy se levantan las oficinas centrales del Poder Judicial: Es mediante el establecimiento de procedimientos reglados, normas preestablecidas y garantías fundamentales que constituyen y aseguran el debido proceso. No como una imposición de fines que es incompatible con la libertad y los derechos humanos, sino como una limitación de acciones para evitar el abuso y la arbitrariedad. No voy a entrar al desarrollo de este tema magistralmente abordado por el querido y recordado amigo Don Rodolfo Piza como redactor del Voto Nº 1739-92 de las once horas cuarenta y cinco minutos del primero de julio de mil novecientos noventa y dos de la Sala Constitucional, y al cual ya se ha referido en forma somera Don Rafael Gairaud.
Desde lo más antiguo que registra la historia se viene dando, en la organización de la sociedad, una lucha a favor de la dignidad de las personas que requiere establecer limitaciones al ejercicio del poder y al impartir justicia; y demanda evitar la arbitrariedad -obligando a que los funcionarios actúen con respeto a esas normas que establecen competencias y procedimientos-. Pero es una lucha difícil porque no sabemos las mejores soluciones, y solo con dificultad, por tanteo y error, vamos descubriendo mejores medios y vamos logrando controlar el instinto egoísta de quienes detentan el poder. Y casi siempre ese egoísmo se disfraza de virtud, y se oculta tras la aparente intención de obtener alguna finalidad admirable: la seguridad, la paz, la felicidad, el bien del pueblo, el fin de la impunidad.
Hitos fundamentales en la lucha contra la justicia como la ventaja del poderoso disfrazada de buenas intenciones, han sido las instituciones del derecho romano y el desarrollo del sistema de estado de derecho inglés posterior a Juan Sin Tierra. Porque, repito, la justicia como “lo que conviene al gobernado y sujeto del arte” de quien la imparte, es justicia como gobierno de las normas, como estado de derecho, como debido proceso.
Pero ni el cristianismo con su prédica del amor, ni los jusnaturalistas, la revolución parlamentaria inglesa, los enciclopedistas y la revolución francesa, la constitución de los Estados Unidos y la organización federal de ese país, ni todos los avances del humanismo y las guerras y revoluciones contra la dictadura y la arbitrariedad, han podido impedir la constante y permanente amenaza de las visiones absolutistas, que se extiende hasta nuestros días y cuyas inconcebibles y bochornosas consecuencias vivió con vergüenza y dolor la humanidad en el siglo pasado -cuando en la época de más acelerado progreso científico, técnico y de producción de la humanidad-, se vivieron los más abominables y masivos oprobios del ejercicio del poder.
Permítaseme recordar, que a menudo la vida nos hace creer que sujetarnos a esas normas, procedimientos y limitaciones es un estorbo para la eficiencia en lograr los fines que nos proponemos. A menudo frente a fines justificados, legítimos y valiosos como la lucha contra la corrupción y la delincuencia, nos parece que debemos dejar de lado esas limitaciones para que no sufran los objetivos dichos. A menudo en circunstancias de este tipo, ante la presión de la opinión pública y ante el poder de algún medio de comunicación, parece justificarse el dejar de lado las garantías procesales, el estado de derecho y el debido proceso. SI YA SE HA ESTABLECIDO EN LA CONCIENCIA COLECTIVA LA CULPABILIDAD DE ALGUIEN, Y MÁS AÚN SI ESE ALGUIEN ES UN POLÍTICO QUE HA ATRAÍDO AMORES Y ODIOS POPULARES, ¿POR QUÉ Y PARA QUE MOLESTARNOS EN ESPERAR LA VERDAD JUDICIAL?
Ante esas tentaciones, debemos volver nuestros ojos hacia la historia y hacia la geografía. ¡Cuánta injusticia se ha causado cuando se sueltan las fuerzas del Leviatán! En el pasado, y aún hoy día. En épocas lejanas, y hace pocas décadas. En zonas lejanas del mundo, en nuestra América y en nuestra propia patria. En el fusilamiento de Mora, en la cárcel de Castro Madriz, en los Tribunales de Sanciones Inmediatas.
Debemos siempre recordar nuestras limitaciones, y temer los frutos perversos de la arrogancia y la soberbia. Somos ignorantes, capaces del mal, no podemos tener certeza de la verdad, ni del bien. Por ello no debemos caer en la tentación de imponer nuestra verdad y nuestra justicia. Esa actitud solo nos conduce a la arbitrariedad.
Ante la tentación arbitraria es preciso recordar que para vencerla con grandes dificultades hemos creado las garantías legales y constitucionales y las normas principios y valores que fundamentan el estado de derecho y el debido proceso. A esas instituciones debemos sujetarnos como Ulises al mástil de su navío para evitar dejarse llevar por los cantos de las sirenas.
Sr Juez: no se trata simplemente del caso de Miguel Angel Rodríguez. Tampoco es simplemente el caso de un ex presidente. Es mucho más. Es el caso de un costarricense, y es el caso del estado de derecho y del debido proceso.
Recordemos el poema que se le atribuye a Bertold Brecht y que es más bien parte de un sermón del pastor luterano alemán Martín Niemöller en la semana santa de 1946:
Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a buscar a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.
