Hoy, que da inicio el juicio oral y público del caso ICE-Alcatel por el cual el Ex Presidente Miguel Ángel Rodríguez ha tenido que esperar por cinco años y medio!, difundimos la tercera y última parte de la exposición que hizo, hace año y medio, durante el cierre de la Audiencia Preliminar. Ahí, tras señalar que es imperativo el respeto absoluto a las normas que caracterizan el Estado de Derecho, Rodríguez Echeverría concluyó con las siguientes palabras:

 

De todo eso y de solo eso se trata Sr. Juez: de aplicar las normas de nuestro sistema judicial, de nuestro sistema penal, de nuestra constitución de la libertad y del estado de derecho. De eso se trata y de solo eso se trata Sr Juez: de determinar si después de todas las violaciones que se han dado por cuatro años no es hora ya de dar por terminada esta persecución. El martes recién pasado hace cuatro años, empezó este montaje en mi contra con la declaración de Lobo que era en simultáneo divulgada por algunos medios de comunicación. Dentro de 5 días se cumplen cuatro años de mi renuncia voluntaria al a Secretaría General de la OEA para tener la oportunidad -que solo ahora se me da- de poder discutir mi caso ante un juez de la República y de esa manera dar ejemplo de sometimiento al sistema judicial. Dentro de 12 días se cumplirán cuatro años de mi voluntario y avisado regreso al país, cuando como lo ha declarado la propia Sala Constitucional se pisotearon mis derechos humanos. Al venir a dar la cara un Ex Presidente de la República y Secretario General de la OEA en funciones, se contestó con circo, tortura, exhibición oprobiosa, esposas, perrera, desfile de mofa, calabozo.

 

Como mi culpabilidad ya estaba determinada por algunos medios de comunicación no era necesaria una investigación seria. Todo lo que correspondía era ratificar en estrados la condena que ya se me había establecido en forma mediática, y que se quería confirmar con el uso de la información confidencial del expediente, con mi permanencia en prisión, con las ilegales negociaciones con un indiciado confeso. En esas condiciones, ¿qué pueden importar las graves violaciones al estado de derecho que hacen imposible la apertura a juicio?, ¿qué importancia podrían tener las contundentes múltiples e inimaginables violaciones al debido proceso que justifican las serias protestas por actividades procesales defectuosos que en esta audiencia se le han enrostrado al Ministerio Público? ¿Por qué preocuparse de que aún si fuesen ciertos, los hechos acusados no constituyan delito o estén prescritos? Frente a la condena mediática y el escarnio público, ¿qué importancia pueden tener las pruebas ilegales o las graves deficiencias de las acciones civiles que las hacen ilegítimas?

 

Sobre mi cayó el escarnio, el menosprecio, el desprestigio. Perdí posición y libertad y viví la amargura del sufrimiento de mi familia. Pero también disfruté del amor de Dios y de mis semejantes. En los calabozos de la OIJ y de este edificio de Tribunales, en el apartamento de Vargas Araya a pocos metros de aquí, en la celda de la Reforma, preso en mi casa, y luego en las calles, sitios públicos, campus de la Universidad de Costa Rica y hasta en los estadios de fútbol he recibido las muestras más sinceras, valerosas y espontaneas del afecto de buenas personas compungidas por mi tribulación. Estampitas, salmos, versículos de la biblia, oraciones, notas de solidaridad no han dejado de llegarme de personas que rezan por mí, me encomiendan a Dios y le piden que me proteja y me dé fortaleza.

 

Hace ya casi tres años al salir por primera vez a la calle y llegar acá no en perrera sino en el automóvil de Don Eduardo Araya, una señora que vende pastelería se acercó con enorme amor a las puertas de este edificio para regalarme un bollo de pan. Ahora, cada día al llegar hasta esta sala de juicio, esa señora, los funcionarios de seguridad, abogados que se aprestan a cumplir sus tareas profesionales, personas agobiadas por estar ellas inmersas en procesos judiciales, interrumpen sus afanes y en las aceras y pasadizos de estos tribunales me demuestran afecto y solidaridad. Gracias sean dadas a Dios por la bondad de tantas personas, mayoritariamente mujeres y gentes sencillas a las que como nos lo señaló el Señor Jesús se les ha revelado el Evangelio del amor.

 

A usted Sr. Juez corresponde ahora reivindicar nuestro estado de derecho. En cuanto a mi digo con el salmista: Yo se que Dios tomará a su cargo la causa del afligido Y el derecho de los necesitados.(Salmo 140:12).

No guardo rencor para nadie. Pido a Dios por todos los que de alguna manera han participado en este proceso. Por quienes con objetividad han cumplido con los deberes de su cargo, por quienes para satisfacer sus fines personales no han dudado en dañarme y por quienes con inquina y saña en sus entrañas me ha perseguido. Mi hijo Andrés cuando me visitó en la cárcel comentó a los periodistas: “Pidió ayer justicia para su padre y advirtió a quienes sienten ‘odio, rencor y venganza’ que alejen ‘esos malos sentimientos de sus corazones’. Eso, dijo, solo les ‘envenena el alma a ellos’ y no a nuestra familia”. Esa fue para mí una nueva lección de las ventajas del amor y la necesidad del perdón.

 

Con profundo respeto y pidiendo a Dios me ayude a cumplirlo, recuerdo la instrucción de Santo Tomás Moro, encarcelado en el año 1534 en la Torre de Londres, poco antes de ser decapitado:

 

No tengáis ninguna malicia ni mal deseo para ninguna persona. Porque esa persona o es buena o es mala. Si es buena y yo la odio entonces yo soy malo.

Si es mala entonces o se arrepiente y se salva al morir y va a Dios, o vive y muere como un malvado y va donde el demonio. Si se salva me amará en el cielo y yo desde ahora debo amarla. Si se condena ¿cómo no llenar mi corazón de amor por esa horrible condición que padecerá?

De corazón doy este consejo a mis amigos: A menos de que estén en una condición tal que por su cargo deban juzga y castigar a alguien, dejen los afanes de castigo en las manos de Dios y en las de personas tan entregadas al amor y tan henchidas de Dios que ningún afecto secretamente malévolo o cruel pueda esconderse silenciosamente y minarlos bajo la apariencia de un celo justo y virtuoso”.